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Urbanismo hostil

Editorial
Economía
El barrio de El Cañaveral en obras. Dos edificios rodeados de grúas y andamios en una calle desierta
El Cañaveral sigue creciendo. Paula Fernández. CC-BY-SA
Hace ya cuatro años, en febrero de 2016, el distrito de Vicálvaro se ampliaba a unos nuevos vecinos: los primeros habitantes de El Cañaveral, el barrio sobre plano que la crisis truncó, se instalaban en sus viviendas. Esta avanzadilla -que ya asciende a las 2.000 personas- no es nada en comparación con las 52.000 que se esperan en los próximos años. Con ellas, el gran proyecto urbanístico de los años de la burbuja despegaba con la esperanza de aumentar la oferta inmobiliaria.
 
Sin embargo, tras más de mil días desde su mudanza, los vecinos y vecinas de El Cañaveral no viven allí. Quizá duerman y coman cada día en sus casas, e incluso tomen un café en el bar Boggus, el único del barrio. Pero lo cierto es que la vida, la que pasa fuera de las paredes, aún les queda lejos: sin centros de salud, colegios, comisaría ni negocios solo queda a la vista un páramo hostil al puro estilo Mad Max en los que los robos y las carreras ilegales de coches son rutina y no excepción. Esa vida se deslocaliza a los municipios y barrios cercanos y las sucesivas promesas electorales de recuperarla son mensajes en los ladrillos de locales tapiados y tweets perdidos de las instituciones.
 
Y mientras la vida sale por la puerta, para perder horas en coche o en el raquítico transporte público que conecta el barrio, el negocio entra por la ventana. Antes siquiera de que la presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, prometiera abrir un colegio -concertado-, habían empezado otras obras. El Solia Madrid Live Center, un centro comercial que ocupará el 40% de El Cañaveral, echaba a andar con la promesa de playas, surf y acuarios en el centro de Madrid, lejos de las demandas de los habitantes del nuevo barrio.  
 
Lo cierto es que El Cañaveral es una lluvia sobre mojado de un mercado inmobiliario, el de Vicálvaro, en el que el negocio llega antes que los servicios. Los otros tres barrios del distrito llevan meses encabezando la subida del alquiler en Madrid, recogiendo los pedazos de la demanda que llega al sureste huyendo de los desorbitados precios del centro. Un oasis de vivienda que no es tal: estas personas -porque detrás de las estadísticas no hay más ni menos que personas, con derechos, proyectos y familias- llegan a barrios donde los pocos institutos públicos y centros de salud están saturados. 
 
Frente al lucro vacío, las vecinas y vecinos de Vicálvaro deberán tejer redes de resistencia como única vía para exigir sus vidas de vuelta, esa que le prometieron al entregarles las llaves de una casa que aún no les pertenece o al pagar un alquiler que cada vez se lleva más parte de su sueldo. Sin esa unión, sin ese "hacer barrio", solo podrán esperar a que los señores y señoras políticas antepongan la ciudadanía y sus derechos a la rentabilidad; una utopía estéril en la que el sureste de Madrid ha dejado de creer. 
 

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