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Un largo camino hacia el feminismo universal

Reportaje
Internacional
Dos mujeres con velo sentadas en la playa de Mazagón en España
Mujeres musulmanas en Mazagón, España- I.Barrios; J.Ligero / CC BY-SA
En el verano de 2018, el caso de Khadija y la etiqueta #JusticiaparaKhadija se convitieron en trending topic mundial. Muchos de esos tweets provenían de España. Su cercanía a Marruecos promovió que tanto feminismo español como el europeo rugieran. Una joven de 17 años, violada y torturada en manada, abrió un debate sobre la situación de la mujer en el país vecino. Meses después, nadie hablaba de ello.

 

 

El fantasma del eurocentrismo recorre Europa y afecta de lleno al movimiento feminista. En el último siglo, la mujer europea se liberó, salió a la calle y se deshizo de cadenas y prejuicios. Es innegable que sigue siendo denigrada y que hay mucho que conseguir, pero puede mirar desde un sitio privilegiado a sus compañeras perteneciente a países de tradición islámica. La mujer en Irán, Arabia Saudí o Argelia sigue sometida a leyes patriarcales y religiosas inspiradas en la Sharia. Una situación muchas veces inimaginable para las europeas.

Una comunidad importante

 

 

 

Infografía: elaboración propia con datos del Observatorio Andalusí

Hoy en día, más de 44 millones de musulmanes viven en Europa. A esa cifra habría que sumarle personas con familias de tradición islámica pero laicas. Pese a ser una comunidad importante, se siguen planteando problemas como la discriminación, la identidad cultural y el papel de la mujer.

De esos 44 millones, más de 2 millones viven en España y más del 40% son mujeres, según datos del Observatorio Andalusí en el Estudio demográfico de la población musulmana que realiza cada año. En 2019, 812.412 personas provenían de Marruecos, el país musulmán con la cifra más altas de inmigrantes en Europa.

España es el país europeo que más contacto tiene con el reino alauita. Por las fronteras de Ceuta y Melilla pasan cada día miles de personas. De ese trasiego, más de la mitad son mujeres del servicio del hogar, las conocidas como “muchachas”. Una de ellas es Menana, quien lleva años limpiando casas, muchas veces en situaciones de irregularidad y sin cotizar a la Seguridad Social. Menana es viuda y sólo se pone el velo para estar por la calle. No se considera feminista ni ha leído nunca sobre el tema. “La gente habla mucho, pero mis nietas en Castillejos, una ciudad marroquí cerca de Ceuta, no llevan pañuelo, no les gusta” dice mientras ella se lo pone para volver a casa.

Con mis padres soy más feminista

Selma tiene 20 años. Nació en Ceuta, en el seno de una familia musulmana practicante y ahora estudia Logopedia en Granada. Ella se considera feminista y musulmana. Practica el ramadán, pero no lleva velo ni piensa en ponérselo. En su familia son “abiertos” y nunca la han obligado a nada.

Al mismo tiempo reconoce que en casa es más reivindicativa, “más feminista”. Considera sus padres han tenido una educación más machista por la época en la que se han criado, aunque esto nunca le ha limitado a la hora de formarse una idea sobre el feminismo y cómo defenderlo.

 

 

Reconoce haber sufrido racismo cuando era pequeña: “Llegue a escuchar que no me avisaban para hacer planes porque era musulmana y mis padres no me iban a dejar”. Para Selma se suele asociar la idea de ser musulmán con el hecho de tener una mente cerrada.

Brechas y muros

En paralelo a estas historias, hay también mujeres laicas como Noor Amar Lamarty, de Tánger, quien lleva varios años viviendo en España y defendiendo un feminismo laico e inclusivo. Para Noor se han creado corrientes feministas que han ido diversificando y politizando el movimiento y que solo han abierto brechas y muros entre mujeres. “Mientras no nos sentemos todas en la misma mesa para hablar del mismo feminismo no vamos a poder ayudarnos ni hacer un camino unidas dice.

 

Noor Amar activista marroquí

 

La activista, Noor Amar, durante la entrevista-  Javier Aceituno / CC BY-SA 

Para ella se ha instaurado en el movimiento feminista un relativismo cultural que lleva a que, en vez de seguir luchando contra prácticas patriarcales de la comunidad musulmana, se blanqueen por miedo a caer en el racismo. Ha aparecido un feminismo islámico que justifica el uso del velo y que muchas niñas musulmanas utilizan como escudo contra la segregación y como identificador cultural.

La concepción del velo no es la misma en Marruecos que en Europa. “Las niñas tienen más presión en Europa que en las zonas más ricas de Marruecos”, dice Noor. En su familia, practicante y residente en Marruecos, nadie lo usa excepto su abuela.

La lucha de las mujeres musulmanas sigue contra problemas como los matrimonios forzosos y la violencia institucional, pero necesitan del apoyo de sus conciudadanas europeas. Hace falta conocer para incluir y así, desde un feminismo inclusivo, derribar todos los muros que se puedan levantar. No se puede reducir la indignación a un hashtag en twitter. Hay más niñas como Khadija y, mientras haya una mujer sometida, el feminismo no habrá cumplido.


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