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Coronavirus y cooperación: lo urgente frente a lo importante

Crónica
Cooperación en el Mundo
Naciones Unidas: Es necesaria "una cooperación internacional intensificada para contener, mitigar y derrotar la pandemia”
Naciones Unidas: Es necesaria "una cooperación internacional intensificada para contener, mitigar y derrotar la pandemia”
Nos encontramos ante uno de los retos más complejos de afrontar, como sociedad y como especie. El coronavirus nos pone delante de una distopía que solo podrá evitarse mediante la cooperación internacional. Estamos en un cruce de caminos, ayudarnos unos a otros nos llevará a la solución, no hacerlo nos conducirá al desastre.

Seguramente, incluso a quienes no conozcan la matriz de Eisenhower les será familiar la expresión “lo urgente frente a lo importante” a la hora de planificar tareas en la empresa y en la vida.

¿Y en el caso de la pandemia por coronavirus?

Desde que la Organización Mundial de la Salud la declarara el 11 de marzo, han sido muchos los intentos, desde diversas instituciones y organizaciones internacionales, para establecer medidas comunes de lucha contra la enfermedad.

El 23 de marzo, China y Francia promovieron una cumbre extraordinaria del G-20 para coordinar una respuesta de acuerdo con la OMS. La premisa: trabajar de manera conjunta sobre los tratamientos adecuados y el posterior desarrollo de la vacuna. También en el plano económico, para “estabilizar la economía mundial mediante medidas coordinadas” que estarían respaldadas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. El 26 de marzo el G-20 acordó realizar “lo que sea necesario” para luchar contra la pandemia, pero sin adoptar medidas concretas, limitándose a una voluntad de coordinación de la respuesta global.

A finales de marzo la OMS advirtió que una de las causas de la rápida diseminación del virus era la falta de coordinación internacional para atajarlo: “la humanidad se encuentra frente a una encrucijada, un camino conduce a la cooperación, el otro, a la extinción”. Las medidas implantadas por los diferentes países han ido encaminadas al reforzamiento de la seguridad nacional: cierre de fronteras, movilización de los ejércitos, confinamiento de la ciudadanía, etc. Ha sido, por tanto, una respuesta global, pero enfocada al interior de las propias fronteras. En medio de esta crisis pivota la disputa geopolítica entre China y EE.UU. por el control del relato, culpándose mutuamente sobre el origen y la propagación del virus, en medio de un panorama internacional del “sálvese quien pueda”. Existe una feroz disputa entre muchos Estados por hacerse con el material sanitario disponible: Francia requisando mascarillas con destino a España, EE.UU recomprando material sanitario, destinado a otros países, en los aeropuertos chinos, Turquía reteniendo respiradores con destino a España…  “La salud no tiene precio”, es la consigna que rápidamente se ha propagado a nivel global, chocando con las políticas neoliberales que en las últimas décadas promulgaron el mantra de “menos Estado y más mercado”. En estos momentos son los propios Estados quienes sostienen el peso y el coste de esta lucha, sanitaria y económicamente.

No mejoran las cosas en el ámbito europeo: el jefe del Consejo Europeo de Investigación dimitió el 8 de abril por considerar decepcionante la respuesta europea ante el coronavirus. Ante esto, la OMS advierte de que no el confinamiento no basta, sino que hay que multiplicar los esfuerzos de los distintos sistemas de salud de manera coordinada. En el seno de la UE, las batallas para conseguir establecer un instrumento de deuda común por parte de los países más golpeados por la pandemia –Italia y España–, choca con los intereses económicos de países como Alemania, Austria y Holanda. Las medidas iniciales del Reino Unido admitían altas tasas de mortalidad a cambio de evitar el colapso económico del país, para después decretar el confinamiento de la población. En EEUU, Donald Trump desoyó las advertencias de sus servicios de inteligencia, primando la economía sobre la salud de los ciudadanos: en estos momentos, el país norteamericano es el nuevo epicentro del coronavirus.

Después de casi dos millones y medio de contagiados a nivel mundial, se habla de curva ascendente, de estabilización y de “desescalar” las medidas de confinamiento, pero no se contempla cómo la situación de los países afectados influye en su entorno geográfico y global. Esta crisis ha puesto de manifiesto una escasa voluntad de cooperación: preocupados casi exclusivamente por evitar o disminuir los efectos de la enfermedad en sus territorios, los Estados minusvaloran la importancia de establecer medidas conjuntas y coordinadas para disminuir la propagación a nivel global. Las razones que explican este tipo de estrategias, cabe buscarlas no solo en intereses geopolíticos o de clave interna, sino también en aspectos inherentes a la propia cultura. El cierre de fronteras, adoptado por un elevado número de estados, ha dilapidado a nivel supranacional espacios de libre circulación, dificultando la cooperación entre países.

La falta de cooperación se replica dentro de nuestras fronteras. En España se libran 17 batallas diferentes contra el coronavirus: no existen traslados de pacientes de unas Comunidades Autónomas a otras y pervive una disputa diaria por la distribución de recursos.

Ante este panorama global, la resolución 74/270 de la ONU, del pasado 3 de abril, advierte de la necesidad de adoptar "una cooperación internacional intensificada para contener, mitigar y derrotar la pandemia, incluyendo intercambio de información, conocimiento científico y mejores prácticas”, o como advirtió la OMS el 9 de abril: “Pongan la política en cuarentena, hay miles de vidas en juego

Esto, en cuanto a los gobiernos. ¿Y la gente?

 

 

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