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Títeres entre rejas

Editorial
Comunidad de Madrid
El tema de los titiriteros ha suscitado polémica entre la política madrileña. La alcaldesa Manuela Carmena se muestra imparcial ante el indulto a los artistas callejeros.
El interior de una creación artística es un lugar ajeno a la realidad, donde pueden tener lugar acontecimientos que, por el contrario, nos parezcan del todo reales, o no; pero nunca, dejarán de formar parte de una ficción.
Estamos de acuerdo en que todos hemos contemplado, leído o escuchado algo que nos ha parecido del todo inadecuado, grotesco, ofensivo o incluso de mal gusto, pero nunca nos hemos si quiera planteado la posibilidad de condenar al creador o creadores de dicha obra. A excepción, claro está, de cuando en el poder se encuentran regímenes totalitarios, que imponen por la fuerza lo que ha de ser visto, leído o escuchado.
 
Durante el pasado carnaval, tuvieron lugar en Madrid multitud de actividades y representaciones teatrales para niños, entre las que se encontraba “La bruja y don Cristóbal”, donde la maga protagonista era objeto de un abuso sexual, perseguida y maltratada. Un juez moría ahorcado y se presionaba a uno de los personajes para llevar a cabo un aborto. Como guinda, un miembro de la policía, para justificar la violencia con la que había golpeado a la hechicera, le coloca entre los brazos una pancarta en la que se puede leer con claridad “Gora Alka-ETA”, acontecimiento que les costó a Raúl y Alfonso, los titiriteros, su ingreso en prisión sin fianza; justificado por el juez por un presunto riesgo de fuga por parte de los condenados.
 
Inmediatamente, la noticia se hizo pública y no faltaron voces a favor y en contra de la decisión del magistrado. No cabe la menor duda de que el lugar y el público no podían ser más inapropiados para una obra de estas características. Donde se referencian, con un gran sesgo moral, muchos de los asuntos más controvertidos de la actualidad nacional; y se deja en muy mal lugar a miembros del sistema policial y judicial. Hasta aquí, todos de acuerdo, tanto el ayuntamiento presidido por la alcaldesa Manuela Carmena, como la agresiva oposición, liderada por el partido popular, coinciden que no era ni el sitio ni el lugar adecuado.
 
Pero de ahí, a la sentencia que se les adjudico a los titiriteros, por algo que sucede en el contexto creativo de un escenario, va un mundo entero. Sobre todo, porque a nadie se le ocurre denunciar a los actores de la película “El Lobo”, por ejemplo, por apología al terrorismo, a pesar de que aparezca simbología e ideales ligados directamente con la organización criminal ETA. O en un caso más gráfico si cabe, a nadie se le pasaría por la cabeza encerrar a Nabokov por pederasta, a pesar de que el personaje principal de su obra más importante, Lolita, sea un pervertido sexual de los pies a la cabeza.
Muy distinto es el caso de encontrarnos un ensayo o un panfleto, que enaltezca ideas terroristas o de cualquier índole criminal, ya que en ese caso sí que no hay lugar al mundo de la ficción; y es directamente el autor el que se dirige al lector, en un contexto absolutamente real.
 
Por lo tanto, esta condena nos coloca en un punto delicado como sociedad. Sí permitimos encarcelamientos de esta índole habremos dejado atrás todo rastro de la aclamada libertad de expresión –esa que se defendía a capa y espada hace solo unos meses en París-, ligada de forma incontestable al bien más preciado que tenemos como sociedad: la Democracia. Y ahondando más allá en el caso concreto de éste carnaval, la obra ni si quiera pretendía glorificar a la organización terrorista o enaltecer sus actos, sino criticar su uso por parte del poder para justificar acciones injustificables y quedar exentos de las consecuencias.
 
El juego de la política está ahí, y las idas y venidas de ataques son constantes, sobre todo desde que Manuela Carmena se encuentra en la alcaldía de la capital, pero por favor, establezcamos fronteras de decencia, humanidad y sentido común. Ya emplean la mayoría de su tiempo en acusarse unos a otros de todo tipo de delitos. No les permitamos que usen nuestras libertades para ello, no dejemos que se censure el arte en ninguno de sus ámbitos, ni que nuestros derechos pasen a formar parte de la campaña electoral si queremos mantener, aunque sea, un mínimo de dignidad ciudadana. 
 
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