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El Café, la comedia del dinero: cómo verla sin café y sin dinero.

Crónica
Culturas
Cartel de la Obra dirigida por Dan Jemmet
Asistimos al pase de prensa de la obra que marcará el ciclo sobre Lieber Fassbinder que presentan en colaboración, el Teatro de la Abadía y el Goethe Institut. La obra es la primera del creador, escrita a los 24 años y que le encauzaría hacia su perfil crítico y particular, que le llevaría a ser conocido por todos como el "anarquista romántico". El montaje, dirigido por Dan Jemmet adapta la deshumanización a la que nos somete el dinero y la ambición, demostrando que el ser humano sigue tan corrupto como en el clásico de Goldoni.

Dentro del marco del ciclo sobre el creador “Lieber Fassbinder” el Anarquista romántico que organiza el Círculo del Bellas Artes en colaboración con el Goethe Institut, donde se preeve una gran cantidad de conferencias, proyecciones e incluso sesiones musicales con dj’s alemanes para honrar así al crador Fassbinder en su faceta más canalla, recibimos la propuesta de acceder al pase de prensa de la obra de teatro “El Café”.

La obra de teatro, que se representará desde el día 27  de febrero hasta el 31 de marzo en el Teatro la Abadía ha sido dirigida por Dan Jemmett, a partir de un texto del creador de culto alemán Rainer Werner Fassbinder, adaptación a su vez de la misma obra de Goldoni.

Nos personamos con nuestra información recién adquirida sobre el mítico Fassbinder en el teatro La Abadía. A las puertas, una gran cantidad de invitados se aglomera esperando la apertura de las mismas. Nos preguntamos si el sobrenombre al creador de “el Anarquista Romántico” estará bien utilizado mientras vamos entrando y situándonos lentamente en nuestro sitio. La escenografía que nos espera es sencilla pero sorprendente.  Seis máquinas tragaperras de luces y colores no dejan de tintinear. Frente a ellas, ocho sillas, una por cada actor, esperan, desplegadas con una tarima blanca en medio. Reparamos en una antigua jukebox situada a la derecha.

Intentamos fotografiar el escenario, pero nada más sacar la cámara, seguridad baja a decirnos que no se puede. Menos mal que es un pase de prensa, pensamos. Obedecemos y charlamos mientras se llena el teatro –la gratuidad es lo que tiene,- y se va demorando el inicio de la obra. Nos informan de que dura una hora y media, son las ocho y cinco, y las luces no se han apagado.

Ni lo harán nunca. Una de las características de la obra es la inclusión del público en el espacio escénico iluminado. Un solo juego de luces, una iluminación fría, y amplia, iluminará el escenario y la platea a la vez. La unión del público con los actores será constante, su presencia, el único indicador de que el espectáculo ha empezado.

Hora y media constante, histriónica, de música alta y personajes alienados. La búsqueda de denotar que el café, el antiguo café, es el último y único remanso de paz y personificación para unos individuos desprovistos de humanidad, hipersexuados y animalados, atraídos sólo por el dinero, el consumo y el placer voluble, genera un grito constante. Martillea. Los actores no hablan entre ellos. Lo hacen al público. Se tambalean, se mueven, se guían por el sexo y por el dinero,  hablan gritando, arrojan los diálogos al espectador.

Ellos sudan. Los personajes se mueven por un mar de deudas y deshumanización. Es difícil empatizar con esas bestias sexuales y primarias que nos reflejan la denostada humanidad, el juego, el cambio. Todos los elementos básicos de Fassbinder aparecen bien reflejados. El dopelganger, esa obligada doble personalidad del artista-actor se muestra desde el primer minuto. Tres actos muy bien marcados, con una estructura clara, con un buen malabarismo de movimientos y espacios –la clara división entre el café y las máquinas- nos guían por una historia un tanto abrupta, adaptada, que sin embargo se ancla en la antigua Venecia, en un recorrido por la constante reminiscencia entre las monedas pasadas y las antiguas, entre la deuda y el deudor, entre las prostitutas y las mujeres.

El tiempo pasa y nos sabemos la estructura. A la hora y diez minutos entendemos la trama, entendemos los guiños. Los actores nos regalan sus cuerpos y sus movimientos más obscenos.  No nos engancha especialmente, buscamos algo, un desecandenante, un hilo. Algo que nos haga considerar “la comedia del dinero” como el nombre perfecto. Nos vamos hundiendo en nuestro asiento. La ventaja de tener al público iluminado es que, una vez has llegado a la enésima conversación entre amante y amada, entre acreedor y dueño del casino, es que puedes mirar las caras de los demás espectadores.

Destaca el musical y movido –más si aún cabe- segundo acto, donde los actores se cambian de ropajes y cuerpos, personalidades. Se agradece una salida de personaje para encajar una crítica al presupuesto y al arte (nos consta que los actores han arriesgado su recaudación a taquilla) un personaje que nos hace empatizar con él –con su lamentos por lo cansina y larga de la actitud de los personajes- que es el único que nos saca una sonrisa. Una muy larga pero acertada canción final, sobre el “amable banquero” nos deja, en un punto country solos en el escenario, con un último recurso final que resulta más que predecible.

Los aplausos son relativamente suaves –aplaudirle a un escenario que lleva tres minutos vacío siempre es poco intenso- y salimos del teatro de la abadía con quince minutos de retraso sobre el planning final. Las adaptaciones son complicados, meter ritmo con ocho actores sin telón ni cambios de luces, un reto. Sin embargo, es muy importante no confundir cambio de ritmo con movimiento escénico, con histeria, con animalidad. ¿Nos hemos sentido ofendidos? Juzguen ustedes mismos. “El Café. La comedia del Dinero”

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