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El acoso escolar somos todos

Editorial
Nacional
El suicidio de Diego pone sobre la mesa, una vez más, la pregunta sobre quiénes son los responsables del ‘bullying’. ¿Profesores? ¿Compañeros? ¿Padres? ¿Todos ellos?

Han pasado casi cuatro meses desde que Diego, de 11 años, se suicidara al lanzarse por la ventana hacia el vacío. El motivo no fue otro que el ‘bullying’ sufrido por parte de sus compañeros de colegio, aunque su caso no afectó de lleno a la opinión pública hasta que salió a la luz la carta de despedida del niño.

El acoso escolar no es algo aislado en las aulas. El exsecretario general del Defensor del Menor, José Antonio Luengo, reveló en un foro sobre este problema que “entre el 5 y el 10% de los menores sufren acoso escolar grave en los centros educativos de toda España”. Afecta a entre 13.000 y 14.000 niños, pero desde todos los ámbitos se hace oídos sordos a la problemática.

El colegio al que pertenecía Diego trató de librarse de cualquier responsabilidad; la Comunidad de Madrid únicamente actuó al comprobar el impacto del asunto; los padres de los acosadores guardan silencio; y los progenitores del resto de niños muestran su consternación y su miedo al mismo tiempo, pero sin proponer soluciones.

El joven Alan, de 17 años, también se quitó la vida en Barcelona hace escasos meses por un problema de acoso. Arancha sufrió en 2015 las mismas humillaciones que desembocaron en su suicidio. Y, recientemente, se ha conocido la expulsión de tres menores por otro tema de ‘bullying’ que, por suerte, no llegó a mayores. El goteo de casos es constante mientras la inoperancia de la sociedad y las instituciones evidencia que este es un tema difícil de atajar, pero no imposible.

El ministro de educación, Íñigo Méndez de Vigo, prometió mayor formación a padres y profesores junto con un manual, una guía y un teléfono de atención a las víctimas. Esto tan solo se trata de la primera piedra pero aún queda el edificio entero por construir.

Las medidas institucionales no pueden ser aisladas, ambiguas ni ineficaces. El acoso escolar es un problema endógeno de toda sociedad, aunque unas han triunfado más que otras a la hora de poner una solución. Es el caso de Finlandia con su novedoso programa KiVa, que ha logrado mediante la formación a todas las partes implicadas -profesores, víctimas, acosadores, padres- reducir entre un 30 y un 50 por ciento el maltrato.

Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Bélgica, entre otros, ya han importado este nuevo método. España todavía ni siquiera se ha planteado su prueba en algunos centros. La prevención y la actuación de la sociedad como un todo podría haber evitado las innecesarias muertes de Diego, Arancha, Alan y un sinfín de casos más. El primer paso hacia unas aulas seguras y libres de acoso debe ser la concienciación a quienes se cruzan de brazos ante ella.

Comentarios

Me parece muy acertado dedicar el editorial a este asunto para, de una vez por todas, poner el foco sobre un problema que no encuentra en los medios el protagonismo que necesita. Como en la famosa paradoja, si un árbol cae y nadie lo escucha, ¿hace ruido? Con reservas estamos ante una disyuntiva similar: miles de niños sufren este problema, ellos no se atreven a contarlo y pocos se interesan en escucharles.

Diego, en su carta nos conmocionó a todos: “os escribo esto porque ya no aguanto ir al colegio y no hay otra manera de no ir”.  No aguantaba ir al colegio porque nadie le ayudó a salir de la rutina del “a ver que me espera hoy”, del “qué me van a decir hoy” y del “a ver quién se va a reir hoy de mí”.

Diego se sintió sólo, y no, no hay un único culpable, como bien se señala en este editorial. Diego era invisible para quiénes debían ayudarle por un sistema educativo que sólo se preocupa de acumular conocimientos de usar en el examen y tirar después, e incide poco en formar PERSONAS.

Tampoco le ayudaron los políticos que desde su despacho aumentaron el ratio de alumnos. Quizás se pueda enseñar matemáticas a muchos chavales a la vez, pero es tremendamente difícil controlar todo lo demás en clases masificadas. Fue una losa para él ese profesor, ese padre, ese compañero que quizás notó algo y no se implicó lo suficiente. Le clavó la estaca final ese padre y esa madre irrespetuosos, que no enseñaron a sus hijos cómo hay que tratar a los demás. Le empujó por el balcón una sociedad cerrada a lo diferente, que se empeña en aplastar a lo que se sale del guion establecido, porque no olvidemos que los niños son un reflejo de sus mayores.

Ah sí, y luego también están los niños de 11 años que le acosaban, y que en cuanto tengan la madurez suficiente, tendrán ese recuerdo como una losa a la que les costará hacer frente. Pero no, sus compañeros de clase no son los únicos culpables. Reducirlo todo a eso es una simplificación que probablemente a alguno le permita liberarse de su parte de culpa, pero la cadena de cómplices es mucho mayor.

Diego ha sido, seguramente, el caso más mediático por la notoriedad que alcanzó su carta. Pero como evidencia este editorial, es sólo uno más de la lista. La solución al bullyng, un problema que está desbordando a la sociedad actual, no se resuelve con una investigación “para depurar responsabilidades” o con un protocolo administrativo desde los despachos. Se resuelve replanteándonos qué estamos enseñando en los colegios, qué estamos haciendo como padres y qué mensajes reciben nuestros pequeños de la sociedad.

 
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