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La ironía de un país de jóvenes emprendedores

Opinión
Economía
Homenaje a Forges

Todo el mundo parece estar de acuerdo en que la educación española tiene serios problemas. Largas son las promesas que los gobiernos guardan para este sector, pero todas parecen diluirse con rapidez por un miedo al compromiso muy apegado al Congreso. Un miedo que inevitablemente propicia la creación de un joven emprendedor del que se nos llena la boca hablando y alagando, pero también de un ser humano que se harta del país de pandereta que no le ofrece futuro y abraza el exterior con los brazos abiertos.

La ironía culmina cuando el Barómetro de empleabilidad y empleo de los universitarios en España anuncia sus resultados, y de golpe y porrazo nos desprendemos de todas esas capas de populismo edulcorado de las promesas, y vemos lo que hay detrás de ellas: un claro cisma entre el mundo académico y el mundo laboral. Mientras que este último exige años de experiencia, la universidad no solo oferta unos años de estudio no precisamente baratos, sino que, sin ser ya algo inusual en una institución española, endulza la experiencia con unas prácticas que quedan estupendas en todo currículum pero llenan pocas carteras.

El nexo de unión que el sistema sentenció para que el estudiante medio pueda consolidarse como trabajador es la realización de un postgrado. Con ello, parece sencillo: tan solo hace falta realizar un “pequeño” esfuerzo económico, y en dos años ya puede oler un sueldo consolidado en un trabajo fijo. Sin embargo, con la demanda actual de empleo en España, las empresas buscan trabajadores con experiencia, y es entonces cuando la validez del máster se pone en tela de juicio.

Tal es el sentimiento derrotista, que el 32,1% de los estudiantes de postgrado consideran que en cinco años no tendrán un nivel de ingresos adecuado. Y una vez terminado el máster, estos alumnos que lo cursaron con la esperanza de una buena inclusión en un trabajo digno, se dan de bruces con las dificultades y su última solución es emigrar. Francisco Michavila, el director del Observatorio de Empleabilidad y Empleo Universitario (OEEU), afirma que “un tercio de estas personas tendrán que irse a otros países”. Mientras tanto, el presidente del gobierno prefiere tratar otros problemas en la educación más serios, como el idioma que se hable en clase o los beneficios de inculcar valores de las Fuerzas Armadas en el aula.

Pero el problema no viene solo para aquellos que se van, o mejor dicho, los que pueden permitirse hacerlo. Aquellos “afortunados” que consiguieron trabajo en España se ven obligados a aceptar salarios pobres. El 26,8% de los titulados de máster no cobra más de 1.000 euros al mes, el 8,8% cobra menos de 600 euros y el 61% no supera los 1.600 euros. Con estos devastadores resultados, parece más difícil digerir el esfuerzo económico y académico que supone realizar un máster, que pasa a ser un papel mojado en un bolsillo vacío. Y con jóvenes desmoralizados en un país de viejos, no queda nadie con fuerzas para levantarlo.

Según esta encuesta, una vez que estos jóvenes se encuentran trabajando, encontramos tres realidades: el 30,88% tiene un nivel de cualificación mayor que el requerido para su empleo, el 85% ocupa puestos de su nivel de cualificación universitario y el 4,10% opina que está infracualificado. Las cifras hablan solas: el estudiante acaba en un trabajo que no viene acorde a sus cualidades, ni incluso a su currículum.

Qué otra opción queda, si en estos cargos soñados no se les deja probar su valía. Tan solo aquellos veteranos trabajadores con los suficientes años cotizados podrán aspirar al sueño de ese “joven emprendedor” que ha tenido la mala suerte de nacer en el seno de una familia sin enchufes, o cuya renta no les permita ese ansiado empujón al mercado laboral llamado postgrado.  Pero, no temas, joven estudiante, ya hace mucho que la sociedad estamental quedó obsoleta: ahora el Estado ofrece becas.

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