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Erasmus a examen: antes, durante y después

Reportaje
Internacional
Grafitti.
Trazar nuevas amistades internacionales, sumergirse en las costumbres de una cultura totalmente distinta, devorar las calles de una ciudad ajena, aprender un idioma más o practicar el esperanto que es el inglés, probar la curiosa gastronomía del Este o enamorarse del precio de la cerveza... Irse de Erasmus es un amplio abanico de cambios. Cada estudiante lo vive a su manera.

Si no es la juventud el momento para hacer este tipo de cosas, ¿cuándo lo será? Lo único claro es que los estudiantes que toman la decisión de irse un par de meses a estudiar al extranjero vuelven distintos. Algo tiene la experiencia que les ayuda a conocerse a sí mismos. Y no es de extrañar. Todos los que han vuelto aseguran que es una experiencia que ha marcado sus vidas.

 

Pero qué parte gusta más o menos es todo un debate. Deben ser pocos los que se muevan por motivos académicos: lo que más destacan es el conocer gente, practicar el inglés y visitar más Europa. Emma, Pedro, Alisa y Fran son cuatro perfiles Erasmus muy distintos, pero en algo coinciden.

 

¿Dónde se van y por qué?

A Fran Wirz las razones que le llevaron a Eslovaquia fueron tres: la estratégica situación geográfica, el precio barato de la cerveza y el Este. Él llevaba 22 años viviendo en Madrid y quería conocer algo distinto y, además, experimentar el frío real, así que Bratislava era un destino idóneo. Quizá si hubiera tenido una nota media mayor, podría haberse ido a Holanda, su primera opción. Pero, ahora que ya ha vuelto, no cambiaría el más mínimo detalle.

 

Emma Vancassel es francesa, de Lylle, también tiene 22 años. Madrid le enamoró por su ajetreada vida -tanto de día como de noche, insiste-. Había estado en la capital española alguna vez antes, pero vivirla tan desde dentro ha hecho que se convierta en uno de sus lugares favoritos. T

 

Alisa Efremova viene de la parte más fría de Rusia, elegió Madrid porque su universidad le daba a elegir entre la capital española y la checa. “Era más moderno Madrid”, explica. Ella tenía 21 cuando el primer cuatrimestre del año pasado vivió en Valdebernardo, a solo una parada de metro del Campus de Vicálvaro.

 

Pedro es un madrileño de 22 años que se va de Erasmus, el dónde es secundario. El segundo cuatrimestre del año que viene aterrizará en Montpellier, al norte de Francia.

 

 

¿Mucha fiesta, poco sueño y nada de hambre?

Fran lo tiene claro: “Conseguí acostumbrarme al precio de la cerveza”.  Un punto clave en la historia de los cuatro es el pasárselo bien. Un carpe diem que dure un cuatrimestre o dos, en su defecto. La fiesta está ahí, es innegable.

 

“Bebí un montón, porque en España no se puede beber poco”. También engordó un par de kilos, la comida aquí le encantaba. La parte más interesante, sin duda, era la cultura española. Pasear por la ciudad, conocer sus cafés, sus mercados, visitar las provincias de alrededor, celebrar la Nochevieja en la capital… Conversaciones con camareros o forofos de algún equipo deportivo fueron un punto importante para Alisa.

 

El inglés es el vehículo que los españoles aún no dominamos

Emma había estudiado previamente español, aunque tampoco hizo mucho esfuerzo en hablarlo: el inglés era suficiente. Cree que la capacidad idiomática de los jóvenes europeos es muy distinta según la región. Los países del sur como España, Francia o Italia no son tan buenos en idiomas como el inglés. Cuando llegó a Vicálvaro, habló con un alemán y pensaba que hablaba con un británico. Algo que nunca le ha pasado con un español porque, según dice, se notan nuestros dejes.

 

Alisa no tenía ni idea de español, pero al llegar dio clases intensivas, quería aprender y vivir algo así era toda una oportunidad. Reconoce que el nivel de inglés de los españoles deja bastante que desear, pero piensa que la capacidad de relación que tiene la gente suple esa carencia: “los españoles son simpáticos”. Además, le resulta curioso el acento que tenemos a la hora de hablar inglés, tremendamente difícil para un europeo del norte.

 

Pedro ya conoce el idioma, pasó la infancia en un colegio bilingüe y domina el francés. Ahora es momento de indagar en lo que es la cultura. 

 

El eslovaco era una lengua tan complicada y con tan poca proyección que ni siquiera intentó aprenderlo con mucho entusiasmo. Recuerda alguna frase del tipo “¡d'akujem!”, pero no mucho más. Los españoles acaban comunicándose porque son espabilados, no por lo que saben de inglés. Y es una opinión que refuerza la de Emma, quizá los jóvenes españoles deberían ponerse las pilas. 

 

¿Amigos nuevos? Sí, gracias.

Pedro es una persona sociable y ahora tiene hambre de más. Cree que conocerá gente nueva durante su estancia en Montpellier que realmente despierte su interés.

 

Fran hizo “amigos para siempre” en Bratislava, y sigue viéndolos. Ante una situación tan desafiante, trazar vínculos de hermanamiento es algo que une mucho, según explica. Tuvo la suerte de hacer amigos tanto de España como de otros países. “El mundo es un pañuelo, no sé dónde me encontraré a Huseyin, el vecino turco de la habitación de al lado; a Gian Luca, el italiano loco de la primera planta o a Salú, una sevillana con mucho salero y poco inglés…”.

 

Los tres que ya han vuelto de su destino viajaron con sus amistades a ciudades como Budapest, Praga o Viena en el caso de Fran. Al fin y al cabo, “Bratislava es un poco austera”. Emma y Alisa visitaron Salamanca, Toledo un par de veces y Segovia.

 

 

Diferencias culturales entre unos y otros

¿Recuerdos de España? Emma piensa en la forma de comer, el domingo en el 100 Montaditos y la siesta. Una experiencia que, sin duda, le ha marcado la vida. Ahora vive en el constante bucle de querer volver a la ciudad que le regaló aquellos meses.

 

Aunque la mitad de la familia de Pedro es francesa, no viven allí. A él apetece descubrir las costumbres autóctonas de Montpellier. Cree que no van a ser grandes cambios, pero sí que allí son más abiertos de mente. Ya se le puede imaginar practicando francés en la puerta de una discoteca un sábado por la noche.

 

¿Piso, residencia…? ¿Qué es mejor?

Emma se fue a un piso compartido en vez de a una residencia para poder respirar de vez en cuando del ambiente estudiantil. Así, compartió piso con más estudiantes internacionales y acabó viviendo con tres chicas: eslovena, rusa y española. Alisa prefirió piso porque es más barato y es bastante más flexible que vivir en una residencia con unos horarios establecidos. 

 

Fran, al contrario que el resto, ve en el factor residencia mucho potencial: “vivir con jóvenes internacionales en un mismo bloque solo significaba novedades 24/7”. 

 

Pedro todavía no se ha decidido. 

 

¿Cómo es Madrid a los ojos del estudiante Erasmus?

Vicálvaro tenía sus pros y sus contras: lo lejos que estaba del centro de Madrid lo compensaba lo simpática que era la gente. Pero aún así, hubiera sido mejor vivir más cerca de Lavapiés o de Malasaña. Vicálvaro era muy “calm and friendly”, según recuerda Alisa. La cultura española le encantó, y cómo no, Madrid le robó algo. 

 

Emma La división en una clase entre los estudiantes normativos y los Erasmus hizo que solo se juntara con extranjeros, nada de autóctonos. Ahora cuenta con amigas holandesas, alemanas.

 

¿Y lo de viajar a otras ciudades?

Fran aprovechó sus amistades para viajar a ciudades como Budapest, Praga o Viena. Al fin y al cabo, “Bratislava es un poco austera”. 

 

¿Por qué les cambia?

Pedro espera conocer gente nueva y que la praxis de la carrera sea distinta: cree que en la universidad española no hay mucho dinamismo. Los factores externos del Erasmus podrían sacarle de la zona de comfort, justo lo que anda buscando. ¿Cambio de aires? Erasmus al canto. Confía en que la experiencia le sirva a nivel personal: abrir la mente, explorar el campo de lo social o desquitarse de prejuicios…

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