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La Cooperación Internacional necesita de más solidaridad

Editorial
Cooperación en el Mundo
Los datos demuestran que el Gobierno de España cada vez dedica menos dinero a la cooperación internacional.

En el año 2012 empezó el principio del fin. En este año comenzó la debacle para la cooperación internacional española debido al tijeretazo dado en los Presupuestos Generales del Estado que se ensañaron sobre todo en la ayuda al exterior y con los presupuestos sociales en general. Del año 2011 al año 2012 se redujo el presupuesto en un 71%, dejando tiritando las arcas de las cuales dependían proyectos prometedores de cara a la cooperación internacional española. Por ejemplo, las transferencias en el año 2011 a la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) eran de 834 millones de euros, en cambio en 2012, solo recibieron 240 millones de euros. Y todo ello ha traído sus duras consecuencias. El informe anual elaborado por Oxfam Intermón: La realidad de la ayuda 2013 destaca ese recorte del 71% en la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD), entre los años 2008-2012 y hace hincapié que debido a la crisis, las estrategias y los destinos de las ayudas han cambiado. En proyectos como las ayudas a la investigación contra la malaria, el polio o el virus del VIH se han eliminado totalmente a causa de estos recortes. Es una barbarie que debido a este uso indiscriminado de la tijera presupuestaria no se puedan afrontar problemas importantísimos para la salud mundial y se frene el desarrollo de las personas que viven en países en vías de desarrollo. En una reciente auto-evaluación de la Secretaría General de Cooperación Internacional para el Desarrollo (SGCID) se identifican debilidades en nuestro sistema de ayuda internacional tales como la volatilidad de los fondos de cooperación, la persistente fragmentación de la ayuda, las dificultades para adoptar una gestión más basada en conocimientos, las limitaciones del actual diseño institucional del sistema de cooperación y la escasa apropiación de esta política pública por parte del conjunto de la ciudadanía. Pero aunque parezca que a partir de 2015 hay un cierto positivismo, quizá motivado por la reforma de incentivos fiscales al mecenazgo, lo cierto es que en 2016, el retroceso financiero de la política española de cooperación al desarrollo supuso un ascenso del 68%, tras haberse casi triplicado entre 2000 y 2009. Con un 0,44% de la Renta Nacional Bruta, se siguen incumpliendo los compromisos internacionales de destinar el 0,7%. Un declive que va más allá de lo meramente económico y que ha supuesto por ejemplo la pérdida de liderazgo del Ministerio de Asuntos Exteriores (MAEC) en asuntos de cooperación española al desarrollo a lo largo de los últimos cuatro años, significando el principio del fin de la estructura orgánica de la cooperación.

Existe, además, un empeoramiento de la transparencia y la rendición de cuentas; como demuestra el hecho de que España caiga del puesto 10 al 17 en el Índice de Transparencia de la Ayuda. No cabe duda que nuestro país y su gobierno suspende en solidaridad. Hay una brecha clara entre la lógica del discurso, en la que los políticos se jactan de vociferar alegatos a favor de un mundo mejor y cómo nuestro país debe liderar este cambio, comprometiéndose ayudar a países en vías de desarrollo para parar de alguna forma la inmigración a Europa e incluso el recién compromiso de ayudar a los refugiados de guerra y la política de hechos. Es un error pensar o alentar discursos tales como “no podemos ayudar a los demás si nosotros estamos mal”. Nuestro ombligo está a años luz del mal que padece el resto. La cooperación no constituye una prioridad para nuestra clase política, los datos lo confirman. La continuidad por esta senda de políticas orientadas al ego patriótico, ajenas a la problemática realidad que viven algunos territorios más allá de nuestras fronteras no puede conducir a otro final que al de prolongar y enquistar en el tiempo problemas que requieren soluciones hoy. Sería interesante tratar de revertir los daños causados por imperialismos sin sentido y las injusticias que gobiernan el mundo e invertir parte de la riqueza generada en el bien común de la humanidad. Al fin y al cabo todos somos ciudadanos de un lugar llamado mundo.

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