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El éxito de un buen discurso

Editorial
Comunicación
Autor: Big Conference US
En medio de la vorágine del fuego cruzado que ha transformado internet en un campo de batalla verbal y de las ya habituales invectivas de presentadores, tertulianos y políticos, en el sector de la comunicación el discurso sigue siendo el medio óptimo de conectar las ideas con el público.

Ya hace 2.500 años Aristóteles estudió la retórica del discurso como forma de persuasión y con el paso del tiempo profesionales, estadistas o conferenciantes han moldeado la técnica para convencer a grandes o pequeñas masas populares. En el año 2005 Steve Jobs dio un celebérrimo discurso en la conspicua universidad estadounidense de Stanford. Comenzó este diciendo: “Yo nunca me he graduado en la universidad”. Para seguir: “Hoy les voy a contar tres historias de mi vida. Nada más, solo tres historias”. De esta forma directa, simple y anecdótica el cofundador de Apple abonaba el campo para construir un discurso, a la postre, brillante. Steve Jobs consiguió que todas las personas se sintieran identificadas con su discurso, en una historia contó cómo hacer frente al fracaso, en otra el amor y en la última la muerte. Esas historias proporcionaron un vínculo sentimental, íntimo, entre el portavoz y los asistentes. El efecto que causa es un gran trabajo de marketing hacia la marca Apple: una marca que destaca del resto gracias a su estética minimalista y gran aprovechamiento de los recursos que posee. Vende su marca de la mejor manera posible: vendiendo su vida. El éxito de dicho discurso no solo equivale en las palabras de Jobs, sino en su forma de entregarse al público.

Desde el primer momento, realiza un contacto visual, sonríe y ese contacto se mantiene a lo largo del mitin, inspira autoridad y tranquilidad. Los asistentes comprenden todo gracias a las pausas marcadas detrás de cada frase, o las largas, para referirse a un inicio de historia. Y esto no ha hecho más que empezar, la formalidad discursiva, y sobre todo la dirigida al gran público, se adapta a los nuevos medios en una estrecha retroalimentación con datos exactos del impacto de dicha opinión, de su alcance mediático y de su repercusión en nuevas formas comunicativas.

Diariamente nos llegan las opiniones, más o menos elaboradas, de grandes personalidades de diferentes ámbitos de la vida social, su voz, su discurso es oído globalmente. El gran discurso o mejor dicho el discurso de largo alcance se vuelve accesible para cualquiera. ¿Quizá usted está decidido a elaborar uno?, pruebe a hacerlo, tiene a su alcance infinidad de medios tecnológicos y aplicaciones para llevarlo a cabo, siempre habrá alguien que acceda a su clip de vídeo. Pero recuerde que el gran discurso, el hablar y transmitir acertadamente, es otra cosa. Algo que tiene en común estos discursos brillantes es que son principalmente emocionales, no lógicos. La atracción que ejerce un buen discurso se manifiesta en la forma de una melodía hipnótica, las palabras se acompañan de gestos y de una acertada entonación, teniendo como eje principal una sola idea o una idea principal que se encauza a través de un ameno anecdotario.

Un gran discurso lo es porque responde siempre a una necesidad; en el caso de Steve Jobs ésta se manifiesta en la comunión de lo estético con lo tecnológico. La innovación ha de venir acompañada de belleza y ésta es una simbiosis asequible para todos. Las palabras correctas en un mundo que inicia la génesis de un acto comunicativo global sin precedentes, la era de Internet al alcance de todos. Ahora más que nunca el éxito de un buen discurso pasa por el criterio de una recepción masiva.

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