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“APRENDÍ DE QUIENES YO IBA A ENSEÑAR”

Entrevista
Cooperación en el Mundo
Fundación Javier Oriol Miranda, creada por sus padres para seguir ayudando en Malawi
Fundación Javier Oriol Miranda, en su memoria por sus padres
“Es cierto que se cumplen los mitos, fue y será la mejor experiencia de nuestras vidas, mereció totalmente la pena”. Ana Gómez.

Febrero 2018

“APRENDÍ DE QUIENES YO IBA A ENSEÑAR”


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“Es cierto que se cumplen los mitos, fue y será la mejor experiencia de nuestras vidas, mereció totalmente la pena”. Ana Gómez.

 

 

 

Valorar la vida.  Distinguir lo realmente importante de lo superfluo y aprender de quienes supuestamente yo iba a enseñar”. Con estas palabras definía Ana Gómez Aranda su experiencia como cooperante en una misión en Malawi durante 6 meses.

 

Con apenas 30 años y junto a su novio, Carlos, decidieron llevar a cabo un proyecto de ayuda a través de la Fundación Javier Oriol Miranda. “Hacía  tiempo  que  lo  llevaba  pensando,  y con esa edad era el momento de decidir: ahora o nunca. Reconozco que el ir acompañada fue algo que me animó más, ya que son misiones muy duras y pasas mucho tiempo solo”.

 

 
 

 

 

 

Sobre el origen de la Fundación Javier Oriol Miranda, que fue con la que entraron en contacto para colaborar con las Hermanas María Mediadora en el hospital de Malawi, nos contaba así:

 

“Estas monjas misioneras, hace 30 años aceptaron un testigo con un llamamiento que hizo el Papa, ya que este único hospital se quedaba desatendido.  Hasta entonces lo habían llevado unas carmelitas y ya eran muy mayores y necesitaban un relevo. Por ello, estas hermanas de sesenta y pico    años se plantaron en Malawi y retomaron el hospital”.

 

La historia de la Fundación, como nos cuenta Ana, está llena de luz y de vitalidad, donde la vida misma se apagaba. Javier Oriol, era un joven de 22 años, que dedicaba sus vacaciones al voluntariado en Malawi con estas Hermanas de María Mediadora. Al fallecer accidentalmente mientras esquiaba, sus padres decidieron que la muerte de su hijo diera vida, la misma que él repartía en su estancia con las hermanas, y así dispusieron que todo    el dinero que hubiera ido destinado para la educación de su hijo fallecido, fuera ahora a parar a estas religiosas y su misión. Ana nos dice: “El dinero que ellos hubieran destinado a pagar la carrera a su hijo, su boda, el bautizo de sus hijos...todo eso, lo destinaron a la Fundación que hoy en día lleva su nombre”.

 

Cuando los niños les preguntaban cómo era su vida en España, ella les contó que primero estudiaban en el colegio de primaria, luego se iba al instituto, a la universidad; empezamos a trabajar, compramos una casa, y como era muy cara, había que seguir trabajando para poder pagarla y todos los gastos que origina va el día a día. El chico le contestó con mirada de sorpresa “entonces ¡¿cuándo vivís?!”

 

Al ir allí un creyente a colaborar con ellas, ya sabe previamente que es un trabajo duro y que lo hacen por su vocación a la religión y a Dios, pero el que es menos creyente y sus fases pre- vias no eran precisamente de apoyo a las monjas y a la Iglesia de abajo (a pie de calle, colaborando con los demás, …) dice: Chapeau! se levanta el sombrero, reconoce que vaya vida y vaya trabajo están haciendo estas mujeres levantándose todos los días    a las cuatro de la mañana y acostándose a las once de la noche, solo, cada dos meses, se iban un día de ejercicios espirituales a    un lago pero continúan trabajando; les ocurrieron muchísimas cosas: Robarles, pinchar a una monja con una aguja y contagiarle el SIDA, del que se murió una de ellas,  intentar violarlas, …

 

No es la única congregación que trabaja en Malawi; conocemos otras que no se dedican a la sanidad sino que lo hacen con la parte educativa. Empezaron con una pequeña escuelita en un barracón y ahora, todo lo que se recauda en el colegio Carlos Ruiz del pue- blo de Navalcarnero al sur de Madrid, anualmente se les envía y van ampliando la ayuda a la población de esa localidad. La mon-  ja encargada de dicha escuela es la tía de una de las alumnas del colegio en el que se realiza este apoyo y es una niña de Malawi,    a la que el hermano y la cuñada de la religiosa adoptaron porque  la vida que iba a tener con su familia iba a ser horrorosa; de todos modos siguen yendo allá, para que Chikondi no pierda la relación con su padre y sus hermanos,  ya que su madre murió de sida.

 

 
 

 

 

Como dice el mensaje latino de Séneca: “Homines dum, docem discunt” (“Los hombres aprenden mientras enseñan”) o la más reducida: “Docendo discimus” (“enseñando, aprendemos”).

 

 
 

 

 

 

Al ver estas situaciones, nos planteamos cómo estamos viviendo en esta sociedad del llamado primer mundo, si no sería mejor apoyar cómo están haciendo Ana, Carlos, Ignacio, Nieves, … y como lo hizo Javier. Como dice Ana, “ellos tienen otros valores y el hecho tan simple de compartir una piruleta ya les hace felices”. Les faltan cosas tan primordiales como poder vacunarse o no tener que caminar kilómetros para llegar a clase, y, sin embargo...ahi están...siempre sonrientes y siendo felices de esa manera, la única que conocen.

 

También hay famosos que ayudan, Rihanna enseña Matemáticas,  Madonna tiene cuatro niños de Malawi adoptadas, no es la única, más arriba hablábamos de Chikondi y de sus padres Ignacio y Nieves, que también colaboran con el Mercadillo Solidario del Carlos Ruiz de Navalcarnero.

 

 

 

 

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