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Mucha contaminación, poca participación

Editorial
Comunidad de Madrid
Foto de Madrid

Hay varios protocolos diseñados para reducir los niveles preocupantes de dióxido de nitrógeno en el aire en la Comunidad de Madrid. En el primero de ellos, “el más suave”, se limita la circulación a 70 kilómetros por hora en las vías de acceso al centro de la capital y en toda la M-30. Además, se recomienda el uso de transporte público. Sin embargo, los datos de las estaciones de medición ambiental demuestran que la reducción de la polución es mucho menor de la que debería. Esto nos viene a decir dos cosas: que las reformas son insuficientes para mejorar la situación y que la sociedad no hace mucho caso a las recomendaciones del Gobierno de la Comunidad.

Ecologistas en acción dice que tan solo Madrid y Valladolid actúan frente a la contaminación atmosférica. No deben ser muchos los esfuerzos en evitarlo cuando somos la primera ciudad en el ranking de ciudades más contaminadas de España. Manuela Carmena quiere endurecer la normativa antipolución, pero está condicionada por la presión de la ciudadanía y del resto de partidos políticos. No es solo una cuestión de las altas esferas, es un problema que afecta a todos los ciudadanos y, sin embargo, no todos actuamos como deberíamos.

La forma de pensar del español medio parece ser algo así como “me da igual lo que pase después, no lo voy a vivir” o “¿para qué voy a reciclar si el vecino de enfrente no lo hace?”, pero luego todos nos quejamos del calor que hace o lo mal que se respira en la capital. Sabemos lo que tenemos que hacer y no lo hacemos porque no queremos. Es más fácil y cómodo ir en coche, no tener que separar la basura, salen más baratos los coches antiguos, más contaminantes…

Somos como somos, y es difícil que cambiemos a corto plazo, así que ¿cuál puede ser la solución? Quizá una medida efectiva sea endurecer las leyes establecidas contra la contaminación. Se están promoviendo planes que ayudarían a reducir las emisiones, pero no los utilizamos. Si el gobierno tuviese la sangre fría de aplicar medidas que no van a gustar a todos, la situación se podría revertir. Si el centro de la capital fuese totalmente peatonal, seguro que se reduciría el tráfico y las emisiones de CO2 y se utilizarían más las bicicletas, algo que, por cierto, se usa de manera cotidiana en muchas ciudades de Europa. Además, si se aplicasen sanciones económicas a todo aquel que decide no reciclar, seguro que la situación sería muy distinta.

Vivimos en un país donde preocupan más las pensiones que la contaminación. Y es irónico. Parece que el dinero es lo único que nos mueve. ¿No es curioso que protestemos más por tener un futuro con dinero que uno con salud?

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