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MAGIA AL ALCANCE DE LOS MUGGLES

Crónica
Culturas
Harry Potter: The Exhibition nos adentra en el fascinante mundo de la magia de la mano de los protagonistas.

Cuando era pequeña tenía miedo a leer en voz alta y, como remedio, mi madre me obligaba a hacerlo todas las tardes. En la guardería jamás nos habían enseñado y dado que a mis compañeros sí, iba algo atrasada. De ahí, mi pavor, mi fobia. En poco tiempo conseguí leer fluidamente, pasando de libros como “Fray Perico y su borrico” a una de las sagas más famosas de los últimos tiempos: Harry Potter.

Creo que fue en ese preciso momento cuando me enamoré de la lectura, de la manera de encajar unas palabras con otras, como si se tratara de un puzle, buscando la mejor forma de expresar algo. Comencé a refugiarme en los libros; dejé que la ficción cobrase vida, importancia, y se la resté a la realidad.

Os preguntaréis por qué os cuento toda esta parafernalia, pero es que sin esta pequeña introducción, no entenderíais lo que supuso acudir hace un par de días a la exhibición de Harry Potter, en el Ifema de Madrid.

La noche de antes dormí fatal. Estaba nerviosa, como los niños el día de reyes. Me desperté antes de la hora y cuando sonó el despertador, me precipité de la cama y corrí al resto de habitaciones a levantar a mis acompañantes. Mis amigas estaban tanto o más ilusionadas que yo, mientras que mi hermana se limitaba a vernos disfrutar, con eso le era suficiente. Desayunamos a toda prisa y nos enchufamos los vaqueros. Como no podía ser de otra manera, las camisetas pertenecían a las distintas casas de Hogwarts, aunque por suerte no había ningún slytherin entre nosotras.

De camino al Ifema, donde tiene lugar la exposición –sí, en presente porque si no habéis ido, aún tenéis la oportunidad de hacerlo hasta el 2 de abril- solo podíamos hablar de lo que nos esperaría, de cómo sería. En cuanto veíamos a un grupo más o menos de nuestra edad y que seguía el mismo trayecto que nosotras, sabíamos que compartíamos una ilusión en común. Algunos, incluso, se caracterizaron de los personajes más emblemáticos o se pintaron en la frente un “Gryffindor campeón” intentando acompañar a los jugadores de quidditch.

Cuando llegamos al pabellón, vimos muchísima gente y, casi todos, con tantas bolsas que nos pareció estar en el Callejón Diagon. El ropero fue nuestra primera parada: nos sobraba todo menos las cámaras. Esperamos en la cola que parecía interminable, pero los animadores cumplieron su función. Así pues, lo que habían sido cuarenta y cinco minutos, nos parecieron, apenas, cinco. Además, justo antes de abrir sus puertas, nos dieron la opción de hacernos una foto con efecto y dejárnosla al módico precio de veinticinco galeones –para los muggles, 15€-.

La entrada se abrió, dejando paso a una nueva aventura. Estaba todo tan oscuro… Lo único que nos iluminaba era la proyección de algunas escenas de las películas. Nuevamente nos guiaron hasta un pequeño recibidor. Como si fuéramos alumnos de primer curso, hicimos un corro alrededor del sombrero seleccionador. Todos queríamos tener ese momento, pero solo unos pocos corrimos esa suerte. Yo fui una de ellas.

En este punto, creo fervientemente que debemos hacer un inciso. ¿Por qué? porque fui la única adulta que tuvo esa oportunidad, el resto fueron niños. Creo que cuando se trata de ilusiones, no hay edad. Todos estamos ahí porque tenemos algo en común y nadie es más fan que otro, son modos distintos de llevarlo.

Retomando la experiencia, estaba tan emocionada que solo recuerdo escuchar mi nombre y la casa a la que pertenezco: ¡Gryffindor! Después de esto, siguieron un montón de horas recorriendo cada recoveco, desnudando cada artículo, traje, etc. con la mirada y, en muchas ocasiones, a través del visor de la cámara.

Cada sala recordaba, sin quererlo, a algún personaje en uno de los siete libros. Con ayuda de los efectos de sonido y, por supuesto, la iluminación, nos íbamos transportando, poco a poco, al mundo mágico. Con algo de imaginación, era como vivir tu propia recreación, tu historia.

En la primera sala, recuerdo el cuadro de la “señora gorda”, las camas deshechas de Harry y Ron, los frascos de pociones de Snape, las espectrogafas de Luna, los retratos egocéntricos de Lockhart o a la insufrible Dolores Umbridge y sus miles de gatitos –siempre de color rosa-. Pero si tenemos que memorar algún detalle sería las explicaciones de Pomona Sprout a la hora de sacar mandrágoras. A parte de ser algo interactivo, nos dimos cuenta de lo que pesaban esos “bicharracos”. Además, aunque no nos pusimos las orejeras y, por tanto, corríamos el riesgo de desmayarnos, todo fue sobre ruedas.

La segunda habitación estaba dedicada al deporte más popular: el quidditch. Desde los imponentes trajes de Viktor Krum hasta el equipo irlandés. Descubrimos como brillaban las copas y trofeos más prestigiosos y, por supuesto, conocimos cada una de las pelotas con las que se práctica: la quaffle, bludger y snitch dorada. Una vez más, pudimos interaccionar con las quaffles, sintiéndonos cazadores por unos minutos, sabiendo lo que es marcar un tanto.

De ahí nos pusimos rumbo a la cabaña de Hagrid, donde nos encontramos con Norbeto y otros tantos huevos de dragones. De tanto esperar, quisimos tomar un respiro en su gigantesco sofá. Creo que toda la gente que había acudido a la exposición se concentró en esa diminuta cabaña. El mundo entero se peleaba por hacerse fotos, y los buenos modales comenzaron a desaparecer, como aquellos padres que se “tiraron de los pelos” porque sus hijos habían llegado primero que los del otro.

Haciendo caso omiso a este tipo de situaciones, continuamos nuestro viaje. Conocimos a Buckbeak –no sin antes hacer una reverencia- y a Aragog; dos de los grandes protagonistas del mundo animal mágico. Seguimos caminando hasta que nos adentramos en lo que parecía ser el bosque prohibido. Estábamos a oscuras y teníamos claro que nos acercábamos al que no debe ser nombrado.

Era increíble cómo, en la sala de los malvados, habían conseguido hacernos pasar miedo. Desde luego, la música dramática y la poca iluminación –combinada con rayos verdes- daban que pensar. Pudimos ver los peones de ajedrez a los que Harry se enfrentó en su primer año de escuela, los mortífagos –entre los que Bellatrix se merece una mención especial-, los trajes y carteles de Sirius o al mismísimo Voldemort.

Para calmar las emociones y como última sala, la exposición nos sumergía en el Gran Comedor. Allí Dumbledore, Dobby o el ave fénix se llevaron todas las atenciones. Pero no podemos dejar pasar la ocasión de mencionar a los hermanos Weasley y sus artículos de bromas, el preciosísimo traje de baile de Granger o las anotaciones a vuela pluma de la periodista Rita Skeeter.

Si bien es cierto que a veces las expectativas que uno tiene pueden jugar malas pasadas, la exhibición está compuesta por miles de cosas que te adentran, más aún si cabe, en los films y libros de la saga. Como acabaría nuestra querida Rowling, “las palabras son […] nuestra más inagotable fuente de magia”.

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