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El encanto de Segovia / CRÓNICA

Crónica
Culturas
En la unión de los ríos Clamores y Eresma, y con un pie en la sierra de Guadarrama se encuentra Segovia. Una ciudad con un casco antiguo declarado Patrimonio de la Humanidad en 1985 y de visita obligatoria.

El pasado día 24 de marzo viajamos a una ciudad con siglos de historia: Segovia.

Una fila de coches se dirigía al norte de Madrid, muchos de ellos probablemente cogerían nuestro camino. A lo largo del día hizo seis grados, aunque esto no impidió la visita a monumentos. Al salir de la estación de autobuses, empezamos a pasear por las calles donde se mezclaban edificios más modernos con arquitecturas muy ornamentadas que formaban un conjunto pintoresco y acogedor.

Lo primero que encontramos impresiona por su magnificencia: el acueducto romano del siglo II d.C. A sus pies, un gran número de turistas y viajeros, quienes, pese al frío, aprovechaban para tomar las típicas instantáneas junto al monumento más característico de Segovia. Al subir las escaleras, toda la ciudad con casitas bajas de distintos colores, todo ello coronado por la Sierra de Guadarrama y un cielo cada vez más nublado. Se podía apreciar la Segovia más castiza, con Casa Cándido al fondo, que respiraba el clásico cochinillo recién salido del horno. Después, transitamos por las calles empedradas, aunque con cierta dificultad,  puesto que el frío y el viento ralentizaban el paseo.

Tras un tiempo, llegamos a la imponente catedral. La Catedral de Santa María de Segovia, la Dama de las Catedrales, perteneciente a los siglos  XVI y XVIII, con fachada gótica y pinceladas renacentistas, recortaba el cielo encapotado, que daba lugar a unas fotografías espectaculares para cualquier visitante.

El cielo nublado no impedía disfrutar de las coloridas vidrieras con adornos dorados; tampoco de las múltiples capillas que Carlos III mandó construir entre 1759 y 1788, junto al altar mayor, que representa escenas bíblicas. La antigüedad de la catedral permitía ver obras de variados estilos, testigos de toda clase de hechos históricos y que hacen imaginar todo lo que podría haber pasado durante esos años entre esas paredes. A esto también ayudaba la música de fondo, que aportaba un tono solemne a nuestra visita.

Una de las cosas más llamativas y que rompía con la tónica seria que llevábamos hasta ahora, fue un relieve de gran tamaño con la figura de Santiago Apóstol. La entrada a la catedral también incluía el acceso a un pequeño museo y, para entrar en él, atravesamos un patio -tan blanco que se perdía con el cielo- cuando el frío nos golpeó de nuevo y el viento golpeaba a los cristales con estruendo. La guía turística, que estaba en el interior del museo, nos explicó que varias de las piezas que se encontraban en el interior se utilizaban para luchar en el siglo XVIII.

Pero lo más impresionante fue la visita a la torre de la catedral. Desde fuera, parecía un lugar estrecho y lúgubre, y jamás hubiéramos imaginado lo que había dentro. Comienza el ascenso: 185 escalones. La travesía supone un auténtico reto para claustrofóbicos, pero se hace más llevadera al estar dividida en tres tramos. Capitaneados por la intérprete, que no cesaba en dar ánimos, acabamos en una gran sala con la proyección de un vídeo donde se adelantaba la sorpresa de la siguiente estancia, a la que llevaba el segundo tramo de escaleras. También había una colección de tapices que cuenta la historia de Pompeyo Magno. El vídeo narraba cómo, hasta hace bien poco, la torre era también la vivienda del campanero y su familia. La vivaz guía nos contó cómo conseguían víveres, cómo se comunicaban con “el pueblo” y cómo era la vida de un campanero.

Antiguamente, desde su construcción en 1530, las campanas daban sonido a la torre de la catedral que llamaban a la oración, comunicaban el fallecimiento de un rey, o un tumulto creado por los segovianos.

Tras este breve descanso, recorrimos el tercer tramo. Así, llegamos a la casa de la familia del campanero. La gran sorpresa fue que no se trataba, ni mucho menos, de un lugar estrecho o austero, sino todo lo contrario. Contaba con techos altos y la división de cualquier vivienda al uso. Ya desde ahí tuvimos una pista de las vistas desde la parte más alta de la torre, pues había un gran ventanal desde donde se veía toda la ciudad.

La función del campanero, muy parecida a la del bufón, era ofrecer información a todos los habitantes: incendios, muertes o la hora de la misa, entre otras.  

El último tramo nos condujo al espacio donde se encontraban las campanas y, probablemente, uno de los lugares más impresionantes en los que hemos estado. En este sitio, prácticamente abierto y no apto para quienes tengan vértigo, era casi imposible mantenerse en pie por el viento, pero las vistas merecían la pena.

Seguidamente bajamos por la escalera de caracol de piedra caliza, y un poco mareadas seguimos con el paseo. Poco después comenzó a nevar, lo que convirtió Segovia, aún más, en una postal. Así, nos dirigimos hacia el Alcázar, declarado por la UNESCO patrimonio de la humanidad en 1985 y que, además, sirvió de inspiración para creadores de Disney a la hora de crear el castillo de Blancanieves. No pudimos visitarlo por el horario, pero queda pendiente para una próxima visita.

Segovia, un lugar que no defrauda y que, a pesar del frío, merece la pena visitar, sea cuando sea.

 
 
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