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Crónica de un viaje inesperado

Crónica
Culturas

Era un sábado de agosto, un día más de verano, yo me encontraba en Bilbao con mi pareja. Después de todo el día pensando planes para pasar los días calurosos, una foto apareció en mi móvil. Era un lugar especial, un sitio alto desde dónde se veía una pequeña playa y el mar. Un lugar tan pequeño como bonito, con un encanto especial. Entonces, miré la ubicación de esa foto y se trataba de Lastres. Lugar desconocido para mí, investigué dónde estaba y se encontraba en Asturias. Una bombilla se encendió en mi cabeza, ¡ese era el plan que buscábamos!  Sin dudarlo, como dos niños pequeños buscamos un hotel bien situado a la par que económico y nos lanzamos a la aventura. Hicimos la maleta en tiempo casi récord y nos fuimos a la cama a descansar. A eso de las cinco de la mañana sonó el despertador, por un momento pensé que el sueño podía con mis ganas de aventura, pero finalmente me levanté. Nuestro objetivo iba a ser Llastres, pero íbamos aprovechar este viaje para conocer lugares desconocidos para nosotros. A veces no hace falta coger un avión y salir del país para conocer lugares fantásticos.

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Nuestro primer destino fue la ruta del Cares, posiblemente uno de los lugares más increíbles que he conocido. Una ruta basada en casi 30 kilómetros ida y vuelta, algo novedoso para nosotros, dónde nos encontramos vistas únicas. Allí nos encontramos con cientos de personas de lugares diferentes y con una fauna maravillosa. Sin duda uno de los días más bonitos y agotadores de mi vida, tras todo el día caminando pusimos rumbo a Oviedo. Allí íbamos a hospedarnos el primer día, si tuviera que poner una pega serían los aparcamientos, casi una hora para aparcar “gratis” y al final terminé aparcando a las afueras de la ciudad. Creo que lo que ahorré del parking lo gasté en gasolina, pero gracias a eso conocimos el Carlos Tartiere, estadio del Real Oviedo. Aprovechando que era verano y estaban de obras, entramos dentro, con el único permiso de un obrero. Obviamente no podíamos entrar, así nos lo indicó una persona de seguridad, pero ya era tarde.

Al día siguiente, conocimos Oviedo, una ciudad fácil de recorrer ya que es bastante pequeña. Lo que más nos sorprendió fue poder desayunar bien por solo dos euros, algo imposible hoy en día. Nos fascinó la ciudad y sus millones de estatuas que la decoran. Tras pasar la mañana en la capital nos dirigimos a Gijón a unos 35 kilómetros, dónde nos encontramos el mismo problema para aparcar. Conocimos el casco histórico, el cerro de Santa Catalina desde dónde había unas vistas espectaculares, la playa de San Lorenzo y como buen futbolero visité el Molinón. Antes de dirigirnos hacia nuestro objetivo, nos comimos un helado de la famosa heladería Regma y es que si el paraíso existe es esa heladería. Finalmente llegamos a Llastres, eran las 12 de la noche aproximadamente. Nuestro cansancio cada vez era mayor, cogimos la llave del hotel y nos fuimos a descansar.

El último día no lo tomamos mucho más tranquilos, paseamos durante toda la mañana por el pueblo, pese a que este era especialmente pequeño. Pero eso es lo que hizo que nos gustará aún más en persona, era un pueblo costero en toda regla. Un pueblo que finalizaba en una pequeña playa hermosa y dónde sus habitantes nos trataron como auténticos reyes. Sin duda ha sido una de las mejores experiencias, y como se dice, “los mejores planes son los que surgen de la nada”.

 

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