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Populismo, la palabra de moda en política

Reportaje
Internacional
Donald Trump y Jean-Marie Le Pen
Constantemente en los medios de comunicación se escucha hablar a los políticos y a los periodistas del populismo. Pero, ¿a qué se refiere este concepto? ¿En qué momento surgió y cuáles son sus rasgos principales? ¿Qué hay de verdad y qué hay de falso en lo que se cuenta? Desde Glocal Press URJC hemos decidido analizar este término y todo lo relacionado en torno a él, centrándonos en el caso de Estados Unidos y Francia.

¿Qué es el populismo?

El populismo es un término bastante amplio que se ha ido acuñando durante muchísimos años por varios teóricos especializados. El primer término recogido más acertado a la realidad y a la actualidad, fue acuñado por Tim Houwen. El populismo o popularismo apenas se utilizó hasta la década de los 50. El sociólogo Edward Shils se atrevió a adoptar el término y a dar un paso más allá, definirlo. Edward Shils no definía populismo como un tipo de movimiento, al contrario que Tim Houwen, sino que para él y el resto de teóricos era una ideología que podíamos apreciar en cualquier sociedad de un país, ya fuera rural o urbana. “Populismo” para Shils, designaba “una ideología de resentimiento contra un orden social impuesto por alguna clase dirigente de antigua data, de la que supone que posee el monopolio del poder, la propiedad, el abolengo o la cultura”.

A lo largo de la historia encontramos muchas sociedades que han sido “víctimas” del populismo, y quizás mucha gente lo desconocía. No es un término de moda como lo definen muchos, sino que viene de largo, de principios del siglo XX. Algunos ejemplos son: el bolchevismo en Rusia, el nazismo en Alemania, el Macartismo en Estados Unidos, etc. Y en estos países ¿como se ha manifestado el populismo? Muy sencillo, manipulando los sentimientos irracionales de las masas para ponerlas en contra de las élites: eso era el populismo. En otras palabras más actuales y que puede entender cualquier hijo de Dios, el “populismo” consistía en el surgimiento de una posible alternativa viable que se encargaba de desbancar al actual gobierno mediante el uso de distintas estrategias. Estas estrategias se valían de intentar vender que el actual gobierno estaba arruinando el país y solo la alternativa era viable para volver a recuperar la posición dominante que tenía el país en sus mejores años. Así fue como Hitler llegó al poder, así fue como se ganó el afecto de todo un país y consiguió ganar unas elecciones de manera “limpia”, para después convertirla con el paso de los años en la dictadura que todos conocemos por los libros de historia.

El populismo es un término que no es nada fácil de definir objetivamente y en torno al cual se han creado interpretaciones, en su mayoría, con un significado peyorativo. Por ejemplo, Pedro Sánchez definió este concepto como “un proyecto que se construye sobre el descrédito del otro, sin aportar soluciones ni futuro a la sociedad española”. Sin embargo, el populismo es un término neutro. Se trata de una forma de hacer política que busca alcanzar o influir en el poder aprovechando el descontento social y popular, de ahí el origen del término.

¿Cómo surge y por qué?

El populismo parte de una coyuntura o ruptura parcial entre el poder o los dirigentes y el pueblo. Esta brecha entre ambos es utilizada por otros dirigentes o líderes para diferenciarse de los demás y obtener votos. Se trata, por tanto, de un cambio en la dirección de voto para producir un cambio en el poder, pasando de una clase de partidos políticos, normalmente etiquetados con la palabra “tradicionales”, hacia otra clase de partidos o incluso movimientos políticos que se diferencian de estos, o al menos así lo pretenden.

Esta brecha o coyuntura tiene una serie de causas diversas. Generalmente, el origen suele ser una crisis económica, política o social (que a veces pueden ser reales y otras veces ficticias) que genera esta ruptura poder-pueblo. Esta ruptura se fundamenta en el descontento social y la falta de confianza del pueblo en los dirigentes a la hora de gobernar. También contribuyen a esto, por ejemplo, casos de corrupción, dramas sociales tales como altas tasas de desempleo, desahucios, etc., falta de derechos y libertades, falta de ayudas sociales, problemas con la inmigración e, incluso, la globalización.

El descontento generado es canalizado en forma de votos por dirigentes o movimientos políticos desmarcados de los habituales, que intentan ofrecer un cambio y una solución a las causas de dicho descontento, y consiguen así obtener el apoyo del pueblo y entrar en el poder. A lo largo de la historia reciente se han visto movimientos de este tipo, como el 15-M en España, la revolución de las cacerolas en Islandia, el auge de la izquierda en América Latina, el Brexit en Reino Unido, el auge del Frente Nacional de Le Pen en Francia o la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, con su lema “Make America Great Again”.

Pero esto no es nada nuevo. Poniendo sobre la mesa la definición de populismo, en España llevamos siendo víctimas del populismo desde finales de la II República, con la Guerra Civil Española, la dictadura franquista, y los gobiernos basados en la monarquía constitucional que se fueron sucediendo desde la muerte de Franco. El ejemplo más claro de populismo que hemos vivido los millenials y la gran mayoría de lectores de este nuestro medio, es la dualidad entre PP y PSOE. Cómo cada cuatro años hemos contemplado campañas “sangrientas” consistentes en debilitar al contrario y a vender la moto al pueblo para ganar la presidencia del gobierno de España, todo ello para luego ver cómo se incumple gran parte del programa político del partido y, que pasados cuatro años, el pueblo tenga que volver a elegir un representante que nos seduzca de la mejor manera posible. Otra vez. Y es por ello que nos tildamos unos a otros de borregos del pueblo, los de la izquierda a los de la derecha y viceversa. Todo esto definido en una pregunta: ¿Cómo pudieron Felipe González, José María Aznar, Jose Luis Rodriguez Zapatero y Mariano Rajoy llegar al poder con una mayoría absoluta? Muy sencillo. No es que haya gente que haya sido víctima del borreguismo, ni siquiera del chaqueterismo, sino que somos víctimas del populismo.

Características del populismo

Los movimientos populistas tienen una serie de características definitorias. En primer lugar, su aparición no es la de un partido político al uso. Como se ha reflejado antes, se trata más bien de una irrupción en el poder debido a un descontento o una ruptura poder-pueblo. No es por tanto, una aparición planificada ni demasiado institucionalizada en un partido político, esto suele llegar después. Sin embargo, hay excepciones, como el caso de Donald Trump, que ganó las elecciones representando al partido republicano.

En segundo lugar, el populismo se caracteriza por su mesianismo. Esto quiere decir que se tiende a entender al pueblo como enfrentado con las clases dominantes o élites, con las que no están contentos, y en su lugar apoyan a un líder que se presenta como redentor de los humildes. Esto está relacionado con la siguiente característica, el anti-stablishment. El populismo trata de establecer una nueva política que desbanque a la anterior y a sus instituciones, normalmente denominadas tradicionales, turnistas y anticuadas o viejas. Algunos ejemplos de esto podrían ser la expresión “casta” o el significado de “Washington” en palabras de Donald Trump.

En cuanto a la ideología de los movimientos populistas, es diversa. Hay tanto movimientos que se acercan tanto a la extrema izquierda (intentan aumentar el gasto social, tender hacia lo público o dividir la riqueza) como a la extrema derecha (tender hacia la iniciativa privada, discurso anti-inmigración o escepticismo con el comercio internacional). Sin embargo, en este aspecto el rasgo esencial, sobre todo en los movimientos más radicales, es el de intentar desmarcarse de las casillas de izquierda o derecha. Suelen presentarse como el partido que representa las intenciones y las propuestas del pueblo, del centro, de la clase media (la clase dominante). Tratan de formar una “nueva política” que no está anclada en derecha o izquierda (el lema del Frente Nacional francés: ni droite ni gauche). De hecho, es tal la confusión que incluso el Frente Nacional francés promete medidas muy similares a las Partido Comunista francés en los años 80-90, según dijo el sindicalista y eurodiputado socialista Edouard Martin en el programa de Salvados “Los Hijos de la Ira”.

En cuanto al pueblo y los votantes de los partidos o movimientos populistas, como se ha dicho un poco más arriba se trata en su mayoría de clase media-baja. Estos piensan que los anteriores gobiernos no han representado bien sus intereses y están descontentos y faltos de confianza con ellos. Tienen el llamado “sentimiento populista”, según Antón Costas, catedrático de política económica de la Universidad de Barcelona. Este se basa en un sentimiento de temor al haber sido ignorados, un temor a no tener expectativas, un temor a no salir del desempleo, a no mejorar sus condiciones de vida. Este miedo se acaba transformando en frustración, descontento e impotencia que los movimientos populistas saben aprovechar muy bien con sus propuestas para conseguir su voto.

Por último, otro rasgo fundamental es el fuerte liderazgo de los dirigentes de movimientos populistas, tales como Le Pen o Trump. Este liderazgo se basa en una relación de cercanía y confianza con el pueblo. El dirigente cuenta con un gran carisma y un gran olfato para oler el descontento y el dolor en el pueblo, y se presenta como el único representante de los intereses populares. En el caso de Donald Trump, se trata de la figura de un hombre de negocios, muy habitual en Estados Unidos, que no pertenece a la política y que así obtiene la confianza del pueblo. En el caso de Le Pen, se identifica como una figura patriótica y anti-europeísta que defiende los intereses de los franceses.

Paralelismo Estados Unidos - Francia

Con las elecciones presidenciales francesas a la vuelta de la esquina, se puede atisbar cierta correlación entre el Frente Nacional francés de Jean-Marie Le Pen y la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales estadounidenses que le acabaron convirtiendo en el 45º presidente de la historia de los Estados Unidos. Esta relación pasa, por supuesto, porque se trata de movimientos populistas de una ideología similar: cercana a la extrema derecha.

Esto se puede comprobar en las medidas que uno ya está adoptando y que otro pretende adoptar. Por ejemplo: ambos son críticos con las élites, denominadas por Trump como “Washington” y por Le Pen como “Bruselas”. Ambos lanzan un discurso patriótico y anti-inmigración. La construcción de un muro con México en el caso estadounidense y el cierre de fronteras en el caso francés. Ambos recelan del comercio internacional, en el caso de Estados Unidos con China y México y en el caso francés con los productos magrebíes y la Unión Europea. Además, las dos figuras siguen los mismos patrones de un líder populista: cercano, carismático y con la intención de representar los intereses del pueblo. Trump, incluso, llega a establecer relación de cercanía con el pueblo a través de su Twitter.

El caso estadounidense y el francés es el más cercano en torno al populismo, pero no hay que olvidar que se trata de un fenómeno internacional y que se ha dado varias veces a lo largo de la historia más reciente. Por ejemplo, el caso de Podemos en España (que tiene algunos rasgos populistas), la ola de populismo perteneciente a países latinoamericanos como Venezuela o la victoria de Syriza en Grecia en 2015.

¿Qué hay de verdad y qué hay de mito?

Acerca del concepto de populismo y los diferentes movimientos populistas se ha generado mucha información e interpretación recientemente, pasando a ser la palabra de moda en la política actual. Pero, ¿qué hay de cierto en todo esto? El trato que los medios han dado a esta palabra ha conllevado una interpretación negativa de su significado original. Según un informe del instituto Juan de Mariana, el populismo no nace de la violencia o la ruptura total poder-pueblo, sino que se trata de una forma de expresión de la democracia, de la libertad de las personas para votar al candidato que mejor crean que les conviene. El problema verdadero viene cuando este ejercicio de democracia trae consigo un acercamiento hacia radicalismos u autoritarismos en ambas direcciones, llegando a que un país sufra graves problemas económicos o coarte la libertad y los derechos de las personas.

 
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