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Políticamente incorrecto

Editorial
Internacional
Hillary Clinton no pudo satisfacer a su marido, tampoco puede satisfacernos a nosotros.
"Hillary no complació a su marido, tampoco a nosotros"
Comentarios ofensivos, campañas racistas y xenófobas y promesas electorales cuestionables: la receta perfecta para la caída de la política.

Ya no está de moda la argumentación y la retórica en política, ahora prima el sensacionalismo y el insulto fácil en las campañas electorales. Estados Unidos, Holanda y Francia se han convertido en países pioneros de promesas electorales que rozan la vuelta al segregacionismo, en ideas que incitan al racismo y a la intolerancia y en utilizar el insulto y la denigración para terminar con el adversario político. La nueva política ha olvidado lo que era la política.

Cuando Donald Trump consiguió contra todo pronóstico llegar a la Casa Blanca después de utilizar Twitter para atacar a Hillary Clinton y a otros rivales (como Ted Cruz), y de prometer un muro que separase México de Estados Unidos, parecía que la política sólo había degenerado en América.

Pero Estados Unidos y Gran Bretaña, con su inesperada salida de la Unión Europea, consiguieron prender la llama en Europa. Así llegó a enfrentarse a un liberal de derechas como Mark Rutte el racista y antieuropeísta Geert Wilders en Holanda, utilizando como bandera promesas como la de prohibir el Corán en los Países Bajos o cerrar escuelas islámicas. El alivio fue evidente cuando se hizo con la victoria Rutte. En Francia, meses después, Marine Le Pen consiguió llegar al mano a mano con Emmanuel Macron defendiendo la salida de Francia de la UE y el abandono del euro, haciendo ambos del debate electoral un intercambio de insultos y acusaciones. Eso sin mencionar a Pedro Sánchez, Mariano Rajoy, Pablo Iglesias y Albert Rivera, que protagonizaron dos de las elecciones generales más escasas en cuanto a argumentos y más decepcionantes en cuanto a actitud de toda la historia de España.

Las campañas han pasado de ser una exposición de lo que cada político ofrecía a la ciudadanía a ser un muestrario de comentarios ocurrentes y una competición para ver quién consigue gritar más alto. Es el momento de replantearse cuál es el objetivo de la política y de la democracia para que vuelvan a cumplir con la función que les corresponde, antes de que las elecciones se conviertan en reality shows cuyo único propósito sea hacer del servicio al ciudadano una comedia.

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