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Desengaños y desesperanzas en La Habana

Crónica
Culturas
Tras recibir diversos premios, como la Biznaga de Oro a la Mejor Película Iberoamericana en el XX Festival de Málaga y el Premio Especial del Jurado en el Festival de La Habana, entre otros, se hizo un preestreno en España de la última película de Fernando Pérez, Últimos días en La Habana, una coproducción hispano-cubana.
 
Y, por supuesto, qué mejor sitio para proyectar este film que la Casa de América que, por cierto, este año celebra su veinticinco aniversario. La proyección se llevó a cabo el martes 4 de abril –la película se estrenó en cines españoles el viernes 7–, a las 12. Los asistentes fueron puntuales, pese a que, como es habitual en esto del cine, con los créditos iniciales aún seguían entrando los últimos espectadores. La sala, bastante llena para la tónica general de este tipo de eventos, contaba con unos 30 asistentes. El grueso de estos eran adultos de mediana edad. Nada más entrar en la Casa de América, se nos advirtió que no habría entrevistas ni rueda de prensa al finalizar, solo debíamos conformarnos con la visualización de la película.
 
El visionado del largometraje se desarrolló sin sobresaltos y en silencio, como más se disfruta una película. En ciertas secuencias cómicas –más que eso, irónicas– una estridente risa teatral de un hombre sentado al fondo inundaba la sala. Lamentablemente, este hecho inhibía con total seguridad el sutil efecto humorístico que pretendía aportar el diálogo de la escena. Por otra parte, resultó igualmente sorprendente que, aunque resulta lógico que este estilo cinematográfico no sea del agrado de todos, en la secuencia final de la película, parte de los asistentes se levantaran y se fueran. De hecho, solo un hombre se quedó en la sala hasta que terminaron los títulos de créditos.
 
Centrándonos en la película, se puede decir de ella que hace una nítida representación de la sociedad actual cubana. Para ello, Fernando Pérez, el director del film (escribió el guion junto con Abel Rodríguez), utiliza dos personajes con situaciones que se presuponen comunes en La Habana. De hecho, podríamos hablar de personajes prototípicos, entendible al tratarse del realismo social habitual del cine cubano: un homosexual enfermo de sida que no puede valerse por sí mismo, pero tiene un espíritu alegre y entusiasta; y, en contraposición, un friegaplatos pendiente de un visado para emigrar a Estados Unidos –en definitiva, el disidente político–. Ambos se encuentran estancados en la rutina, al parecer, sin posibilidad de salir de ella. A pesar de tener caracteres bastante opuestos, se complementan y se ayudan a vivir el uno al otro. Miguel cuida de Diego cada día, mientras ve cada vez más cerca su huida a la ciudad de Nueva York.
 
Otro personaje muy atractivo es la sobrina de Diego, una joven rebelde que lucha por sus sueños sin importar a qué tenga que enfrentarse. Al final del film, se ve cómo su situación es muy distinta a la que esperaba: ha acabado viéndose como una madre joven soltera sin medios para subsistir.
 
Y es que la película habla de frustraciones, de las decepciones que aún hoy se llevan los ciudadanos cubanos, de “las consideraciones éticas, morales, de los valores que empiezan a tener otro carácter”, decía Fernando Pérez en una entrevista.
 
A nivel técnico, la película apuesta por la sencillez, con tomas estáticas de larga duración que te hacen introducirte de lleno en esas pequeñas y desvencijadas casas casi en ruinas, con canciones y ruidos provenientes de las casas de los vecinos y con las esporádicas lluvias torrenciales retumbando afuera. Aunque, eso sí, lo que de verdad puede atraer de la película son sus excelentes diálogos. Gracias a ellos, la película se va construyendo sobre una verosimilitud y un realismo que hacen al espectador compartir la desesperación de cada uno de los personajes. El pasado de estos se va contando de la manera más sutil en cada una de las conversaciones que mantienen. Contrasta, sobre todo, el desparpajo de Diego, el enfermo de sida, frente a la timidez e introspección de su cuidador, Miguel, que, a través de su mirada y de sus gestos, demuestra la nobleza que tiene, lo que lo hace un personaje incluso más redondo que Diego. Todo esto está sustentado en las increíbles actuaciones de Jorge Martínez (Diego) y Patricio Wood (Miguel), además de la actuación de Gabriela Ramos (sobrina de Diego) que, con solo ver su monólogo final, uno puede entender el premio a mejor actriz de reparto en el Festival de Málaga.
 
Últimos días en La Habana es una película de diálogos y silencios, de alegrías –pese a todo– y de penas, donde La Habana se convierte en un personaje más que afecta de manera directa a cada uno de los personajes.
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