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La economía no es estética

Editorial
Economía
Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, en el Congreso / EFE
La incapacidad para sacar adelante los Presupuestos daña la credibilidad del Gobierno

La campaña navideña ha llegado a su fin y con ella vuelven los fantasmas de la crisis. 2018 se fue por la puerta pequeña con aires de 2008. La subida del paro en 83.000 personas y el nuevo salario mínimo de 900 euros pintan un cuadro de cal y arena. Está por saber si no es la arena la que devora a la cal. Los claroscuros en materia económica de este Gobierno deslizan lo que se venía vislumbrando desde hace ya tiempo. A ese pincelado cartel de campaña socialista que se nos presentó el pasado junio tras la moción de censura le falta contundencia y le sobra perorata.

 

Si los Presupuestos Generales del Estado son el eje sobre el que se vertebra toda política de un Ejecutivo, gobernar a base de decreto ley arroja luz sobre las dificultades que con trazo mediocre el equipo de Sánchez está sorteando. Una minoría limitada y cada vez más cuestionada, apoyada en los vaivenes de los chantajes independentistas, queda lejos de los haces de luz con los que se adornaba el gabinete socialista en junio. La pátina de ilusión sobre la que Sánchez cosió su sobrecargado vestido de ideas y colores imposibles no deja margen de optimismo para los datos. La expectativa alimenta, pero los resultados juegan con la comida.

 

La subida del salario mínimo interprofesional, según la última Encuesta de Población Activa, afectará a 2,6 millones de trabajadores. Desde organismos como el Banco de España o el Fondo Monetario Internacional se advertía de que la decisión del Ejecutivo supondría acabar con el 0,8 % del empleo, es decir, más de 150.000 puestos de trabajo. Aunque en el terreno económico la estética tenga un efecto hipodérmico –sin duda importante para quienes confunden hacer campaña con hacer política–, cuando se habla de números las medias tintas no tienen alfombra bajo la que correr o esconderse.

 

Aún es pronto para determinar qué tan fuerte es la correlación entre el aumento del salario mínimo y los datos con los que se inaugura el año, al margen del inexcusable peso que la estacionalidad tiene sobre la estructura de nuestro empleo. Pero este lastimero abanico macroeconómico no da pie a confiar en un Gobierno que, primero, no es capaz de sacar adelante unos Presupuestos, y que, segundo, soslaya por de pronto una mira crucial en la praxis de la política económica: a la hora de hacer cuentas, la emoción se queda en casa.

 
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