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La cara hipócrita de Alcalá

Editorial
Local

El pasado 3 de marzo, como ya es conocido por todos, la fiesta de jubilación de un empleado municipal fue amenizada por un espectáculo: dos strippers, un hombre y una mujer. Para la conformidad de todos los asistentes, los profesionales actuaron en el acto.

La hipocresía con la que diversos medios y los diferentes grupos políticos han tratado esta anécdota es sobrecogedora. Que un grupo de adultos decidan, en honor al homenajeado, contratar un espectáculo sexual –en ningún caso comparable a la prostitución—puede ser más o menos del gusto del consumidor, según la moral de cada uno, pero tachar de machista y vergonzoso este comportamiento es exactamente eso: vergonzoso.

Estas personas, que se dedican de forma profesional a ofrecer representaciones eróticas, fueron contratadas y pagadas debidamente por los organizadores, sin que medie ningún tipo de coacción o vejación que determinados medios y personajes públicos dejan entrever en sus declaraciones. Aquellos que tildan este estilo de espectáculos de “bochornosos” no solo contribuyen a la continuidad del tabú que es el sexo, sino que ofenden a los cientos de personas en nuestro país que se dedican al mundo de los bailes eróticos, al cine para adultos o a cualquier actividad relacionada con el sexo, algo tan natural como rechazado.

El caso de los strippers no solo ha ocupado la agenda pública nacional –dejando apartados, como viene siendo habitual, otros temas sí controvertidos y de incumbencia general, a saber: la corrupción galopante del sistema político, los recortes en los servicios sociales o el difícil encaje de España en Europa—sino que ha saltado a la esfera política y los grupos de la oposición han solicitado tratar el tema en el Ayuntamiento.

 De nuevo, el Ayuntamiento de Alcalá ha dejado durante unas horas de ocuparse del paro de la ciudad, del problema del aparcamiento o de la promoción de nuestra cultura para poner su foco en como diferentes empleados municipales, que no cargos públicos, quieren amenizar sus celebraciones.

Pero, de nuevo, el caso no acaba en el mero debate dentro de una institución de representación ciudadana de un asunto privado, sino que han dado un paso más. El Ayuntamiento se encuentra estudiando una posible sanción a los implicados. El mero hecho de que se planten la sanción es, de nuevo, bañar el Ayuntamiento de una hipocresía galopante.

Lo que los señores concejales plantean sancionar –como simple maniobra política—es el gusto de una serie de adultos, todos mayores de edad y en pleno uso de sus facultades mentales, por el sexo. Si el espectáculo contratado hubiese sido un monologuista, nunca nos habríamos enterado, el gusto por el humor se encuentra socialmente aceptado.

La consideración pública de que el sexo es algo sucio y de que disfrutar de él o su normalización solo lleva a arder en las calderas de Pedro Botero por toda la eternidad, ya huele a rancio. En pleno siglo XXI, tanto el sexo como las actividades eróticas, siempre consentidas y a partir de la mayoría de edad, debería ser un tema tan natural como poder expresar en público tus hobbies o qué has comido ayer. No se entiende la demonización de una actividad –y todo lo que la rodea—que todos, inevitablemente, practicamos.

Dejemos a un lado la hipocresía, tanto en los medios, las instituciones, o la calle, para abrazar la naturalidad, la puesta en valor de aquellas personas que deciden, de forma voluntaria, dedicarse a la industria del sexo y la normalización de una necesidad básica, que ya Maslow, a mediados del siglo XX, equiparaba a algo tan básico como la alimentación.

Comentarios

Sin duda, es cierto que se agrava la posible sanción de esta conducta por lo sexista y machista del denigrante espectáculo. También estas características han provocado una mayor resonancia mediática.

Pero somos muchos los que igualmente pediríamos sancionar la celebración de cualquier otro "show" de ocio para particulares en el espacio público que pagamos todos con nuestros impuestos. Sea un monologuista o una stripper

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