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Charcas más limpias

Editorial
Nacional
Esperanza Aguirre anuncia su dimisión
Esperanza Aguirre dimite de la portavocía del PP en el Ayuntamiento de Madrid, una retirada que llega tarde y que tendrá que completarse con una investigación judicial rigurosa

Esperanza Aguirre, la dama de hierro del PP madrileño, hizo pública este lunes una dimisión sin preguntas ni caras de asombro tras el ingreso en prisión sin fianza de su mano derecha, Ignacio González. Aguirre, que parecía invencible, sellaba así el descenso imparable que emprendió en los últimos años, cuyo último capítulo había sido un exilio simbólico como portavoz del PP en el Ayuntamiento de Madrid, único cargo que ocupaba actualmente a la espera de este bochornoso desenlace.

A diferencia de lo que ocurrió en 2015, cuando renunció a la presidencia del PP en Madrid salpicada por la corrupción que había llevado a las rejas a su número tres, Francisco Granados, esta vez no hubo lágrimas. Fue una comparecencia breve, sin dramatismo, en la que Aguirre declaró sentirse “engañada y traicionada”, y entonó el mea culpa por no haber vigilado “todo lo que debía”.

Así, cercada por la corrupción, la lideresa ha puesto punto y final a una longeva carrera que se ha escrito más con la sangre de sus adversarios políticos –si eran de su propio partido, mejor– que con las victorias que atesoró al frente del PP madrileño –que alguna hubo-.

La dimisión de Esperanza Aguirre nos deja de nuevo un regusto amargo con la política española -no sólo por las causas de la misma-, porque vuelve a poner en evidencia la poca tradición democrática de nuestro país, donde la dimisión de cargo público responde más a criterios de presión de partido que de decoro político y responsabilidad con la ciudadanía. Dimitir por obligación es como rectificar por presión, cuanto menos curioso.  

El caso de Esperanza Aguirre es el de una retirada forzosa, empujada sin duda por la cúpula de su partido. Estas líneas se escriben tarde, como la propia retirada de la condesa; que ante la ingente cantidad de casos de corrupción de su propio equipo de Gobierno, a los que se refirió en su momento como “ranas”, debería haberse retirado de la vida política inmediatamente. La metáfora de su equipo como una charca repleta de estos anfibios es además de un recurso muy utilizado estos días una de las imágenes más claras de la que fuera la dirección de la Comunidad de Madrid durante años.

No obstante, además de las responsabilidades públicas que ha tomado la ex alcaldesa la ciudadanía española merece una investigación judicial veraz, pues no acaba de entenderse que una dirigente al frente de un gobierno no fuera consciente de las actividades irregulares de los que estaban a su cargo. Ignacio González debe ser uno más en el escalafón de la trama de corrupción de la Comunidad de Madrid, y no puede servirse de chivo expiatorio para los comodones y las conversaciones de barra de bar. Los españoles merecen Justicia en tribunales, más allá de charcas un poco más limpias. 

 

 

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